La guerra contra los filibusteros y la nacionalidad costarricense
Juan Rafael Quesada C.

Resumen

Recibido 25 de mayo de 2007
Aceptado 1 de agosto de 2007

La experiencia histórica más significativa de Costa Rica es la Campaña de 1856-1857. Este estudio analiza cómo ella forjó la nacionalidad costarricense, por ser un esfuerzo colectivo que sustituyó la lucha por la independencia como unificadora de los sentimientos grupales. La campaña también fue fuente de inspiración poética, prueba de ello es el Clarín Patriótico o Colección de canciones otras poesías compuestas en Costa Rica en la guerra contra los filibusteros invasores de Centroamérica de Tadeo Nadeo Gómez. Estás canciones primero se divulgaron en la prensa y luego son publicadas en folleto en 1857. Por medio del estudio del Clarín y otras manifestaciones populares, se llegó a la conclusión de que en general la población costarricense respondió a la “clarinada” que lanzaron en noviembre de 1855 Juan Rafael Mora y el Obispo Llorente y Lafuente y en cabildo abierto, se discutió y apoyó, en todas las comunidades, el llamado de alerta que hicieron las autoridades civiles y religiosas. Por razones políticas, luego el nombre de Juan Rafael Mora pasó a segundo planto, pero es claro que la independencia, la soberanía y la nacionalidad, se defendieron en muchas trincheras y en la “trinchera de las ideas” El Clarín Patriótico” fue clave en el rescate de los cantos patrios que motivaron a la ciudadanía frente a la inminente guerra.

Palabras clave: Costa Rica, Campaña Nacional, Clarín Patriótico, Tadeo Nadeo Gomez, Juan Rafael Mora.

Abstract

The National War of 1856-57 is the most significative historical experience for Costa Rica. Therefore, this article studies how the war against U.S. filibusterism helped to create nationhood since it was a collective effort that substituted the war of independence. The National War is also a source of poetic inspiration and the Clarín Patriótico o Colección de canciones otras poesías compuestas en Costa Rica en la guerra contra los filibusteros invasores de Centroamérica edited by Tadeo Nadeo Gómez is a proof of it. Those songs were first published in the press and then in this booklet dated 1857. Through the study of the Clarín Patriótico and other popular manifestations we conclude that the Costa Rican population responded positively to the “clarinada” made by President Juan Rafael Mora and Archbishop Llorente y Lafuente in 1855. Because of political reasons the name of Juan Rafael Mora was shadowed, but it is obvious that independence, sovereignty and nationhood were defended in many trenches and especially through the trenches of ideas. The Clarín Patriótico was a key element to recover those patriotic songs and poems that motivated and promoted citizenship in antebellum Costa Rica.

Keywords: Costa Rica, National War, Clarín Patriótico, Tadeo Nadeo Gomez y Juan Rafael Mora.


1.- ¿Qué es la nacionalidad?

Aunque el vocablo “nación” es antiguo, asociado a la idea de nacimiento, es decir a un origen común, determinado inicialmente por la lengua, no es sino hasta finales del siglo XVIII y principios del XIX que adquiere el significado moderno. En efecto, con la Revolución francesa la palabra “patriota” toma el significado de “amigo del bien público”, y la palabra “nación” el de “conjunto de súbditos”, por oposición a la monarquía o a las pequeñas minorías privilegiadas (aristocracia). Desde ese momento, las instituciones adquirieron el carácter de nacionales, la “Asamblea Nacional”, la “Guerra Nacional”, “símbolos nacionales”, “fiestas nacionales”.

Posteriormente, con la proclamación de la república, la “nación” pasó a designar el conjunto de ciudadanos en los cuales radica la soberanía. Surge, así, la nación como comunidad política oó asociación de hombres libres, como decía Rousseau. La comunidad política representa una identidad colectiva fundada en el reconocimiento de derechos y deberes o identidad ciudadana.

Se constata, entonces, que de la nueva idea de nación se desprendió la de nacionalidad con un significado político. Es una novedad en el pensamiento y vida de Europa a principios del siglo XIX. Se hace popular al estar asociada a elementos nuevos como los derechos naturales, el contrato voluntario y el constitucionalismo. A la popularización del término “nacionalidad” contribuyó enormemente el pensador italiano Guiseppe Manzini (1805 - 1872), quien propugnó por el republicanismo y por el respeto de las distintas nacionalidades. En suma, durante el siglo XIX, en la mayoría de los casos, la idea de lo “nacional” fue un principio ligado a las nociones de libertad e igualdad, una idea popular, sospechosa para los representantes del antiguo régimen.

En realidad, lo que hizo tan poderoso el principio de las nacionalidades fue la concreción de un conjunto de ideas que se habían venido gestando a lo largo de los siglos XVII y XVIII. A todo ello se le ha llamado modernidad política, es decir, un nuevo orden donde el poder es reconocido como un producto de la voluntad humana, por lo tanto expresión de la voluntad popular;, lo que implica a su vez el rechazo de la monarquía y la proclamación de la república como forma de gobierno y, por ende, el principio de constitucionalismo. Al concebirse la nación como el conjunto de ciudadanos, se desarrolla una identidad o solidaridad basada en el disfrute de derechos. A su vez se produce el paso trascendental del súbdito al ciudadano, visualizando a este como el nuevo soberano.

Tenemos entonces que si bien la nacionalidad tiene una base jurídica, pues implica la relación entre un grupo de personas y el Estado, es, esencialmente, un sentimiento de identificación y autorrepresentación de los habitantes de una nación determinada, enmarcado en un espacio territorial preciso. Se trata de un vínculo afectivo que se manifiesta en la conciencia de pertenencia a una comunidad con identidad propia, y diferenciada de otros grupos, y hacia la cual se manifiesta lealtad.

Este tipo de vínculos de identificación es propio de las naciones modernas o del binomio Nación-Estado, o sea, aquellas que se fundamentan en los valores de la modernidad política. Concebida así, la nación moderna es producto de un largo proceso. En el caso de América Latina, los orígenes se ubicarían en la época colonial, pero con la independencia surgiría la nación como comunidad política. Esta región presenta la particularidad de haber sido ideológicamente precoz. Esto significa que, al romper los vínculos con la metrópoli, los nuevos países estuvieron entre los primeros en establecer regímenes políticos modernos. Desde su independencia adoptaron la soberanía nacional como principio legitimador, y la república representativa como forma de gobierno. En efecto, desde el surgimiento de la vida independiente, América Latina, llamada así desde mediados del siglo XIX, optó por la república, como lo hicieron los Estados Unidos desde inicios de su revolución, o Francia en 1792. La república, del latín res publica, opuesto a res privata, designa la comunidad política. En este sentido, “república” es un término genérico que designa el “bien común”. De forma más específica, la república se refiere a la forma de gobierno contrapuesta a monarquía, y se caracteriza por la rotación o alternancia del poder: el jefe de Eestado es elegido y tiene un mandato limitado y temporal.

Igualmente, desde una perspectiva antropológica, Benedict Anderson afirma, por su parte, que “los conflictos entre ibéricos y criollos anticiparon la aparición de una conciencia nacional americana a finales del siglo XVIII. Esto significa que en la “América española” las comunidades criollas tuvieron concepciones muy precoces de su nacionalidad mucho antes que la mayoría de los europeos”. Esto se produjo porque, según John Lynch, la guerra proporcionó a los hispanoamericanos su propio heroico pasado, su propio honor militar, sus propios mitos revolucionarios. La independencia fue la culminación de un largo proceso de enajenación en el cual Hispanoamérica se dio cuenta de su propia identidad, tomó conciencia de su cultura, se hizo celosa de sus recursos. Por eso, algunos autores han dicho que las guerras hacen a las naciones, sobre todo cuando un país se defiende de una agresión externa. Así lo manifestaba Manuel Belgrano cuando afirmaba: “Bien pueden tener nuestra libertad todos los enemigos que quiera, bien puede experimentar todos los contrastes:, en verdad nos son necesarios para formar nuestro carácter nacional”

En Costa Rica, el “carácter nacional”, o cualidades particulares como colectividad, se forjó a lo largo de los siglos de vida colonial, en la vivencia de una serie de prácticas culturales que, a pesar de ciertos factores de exclusión, produjeron cohesión y solidaridad. La cultura de la alimentación similar, el compartir un conjunto de creencias religiosas, y el ejemplo de un idioma ampliamente mayoritario [(el español tico]) eran factores que creaban comunidad. Estos elementos integradores fueron reforzados por el ingreso de Costa Rica a la modernidad política, gracias a la trasformación desencadenada por la obra reformadora de Cádiz. Debido a ese proceso de construcción de sentimientos de identificación colectiva, hacia 1821, no era exactamente que ricos y pobres compartieran un “repertorio cultural”, pero los elementos de convergencia eran más sólidos que los aspectos que los separaban. Especialmente después de 1821, aunque unos costarricenses eran “más iguales que otros” formalmente, todos eran ciudadanos:, los nuevos soberanos.

Efectivamente, con el advenimiento de Costa Rica como “nación moderna” la nación pasó a ser la fuente de soberanía;, en consecuencia, todo lo que de ella deriva está investido de legitimidad. Lo nacional es, entonces, un nuevo apelativo que denomina, justamente, aquellas instituciones o instancias que representan a la nación como un todo. Se habla así, de “soberanía nacional”, de “cCongreso nNacional", de “tTesorería nNacional", de “carretera nacional”, de “ejército nacional”, de “símbolos nacionales”, etc. AsíE igualmente, porque el sentimiento de nacionalidad ya había adquirido un arraigo importante en el imaginario costarricense, la guerra contra los filibusteros fue denominada desde su inicio “Campaña Nacional”.

2.-Una lucha de carácter continental

En abril de 1856, el general José Joaquín Mora Porras afirmaba: “Esta lucha no es solo nacional (…), limitada hoy al territorio nicaragüense ella tiene relación con todo el continente hispanoamericano, pues en el demente orgullo de los filibusteros sureños es conquistar a Cuba, a Méjico y a Panamá, después de posesionarse de Centro América”.

El 15 de septiembre de 1895, a propósito de la inauguración del Monumento Nacional, el abogado colombiano Francisco Rodríguez publicó el opúsculo GLORIAS DE COSTA RICA. Pinceladas sobre la guerra de Centro América en los años de 1856 y 1857. Ahí, después de “refrescar la memoria del patriotismo”, y afirmar que “la nacionalidad centroamericana es un hecho histórico consumado y que todos los vientos de la noche no podían apagar”, concluía en que “la fiesta que se celebra ahora no es pues una fiesta costarricense, ni siquiera centroamericana: es una fiesta continental”.

Las dos citaciones anteriores son indicadores rotundos de que las mentes más preclaras de América Latina no tenían la menor duda de que el filibusterismo NO actuaba “en contra de los deseos” de los grupos gobernantes de Estados Unidos, como afirmaba en marzo del 2006 el historiador estadounidense Robert. E May, en el Museo Juan Santamaría. Al contrario, ya en octubre de 1854, Adolphe Marie, uno de los mas cercanos colaboradores de Juan Rafal Mora Porras, con extraordinaria claridad, llamaba la atención acerca del significado real del filibusterismo, en tanto que manifestación del Destino Manifiesto. Decía Marie:

“¡Oh! Si el patriotismo no es una vana palabra, si el amor al suelo natal o adoptivo encierra todos los amores, si la defensa del país es la defensa de todos los afectos y de todos los intereses que constituyen el objeto de la existencia, ¿quién - lo preguntamoss -; quieén verá con su sangre fría la intriga y la fuerza abierta conspiradas contra su nacionalidad y labrando la destrucción de su país? ¿Quién se acostumbrará jamás a la idea de que algún día este suelo, recibido de los padres, no será trasmitido a los hijos? ¿Quién se conformará con una perspectiva que le enseñe en un cercano porvenir al enemigo de su raza y de su religión profanando con usurpadora planta su hogar destrozado, sus templos destruidos, sus sepulcros abiertos:? ¿Quién no se estremecerá, al pensar que la civilización norteamericana no ha penetrado en los desiertos sino con las llamas y el exterminio, y que conviene quizá a la doctrina del destino manifiesto que, como las desventuradas tribus de indios del norte, desaparezcan los hispanoamericanos de la faz de la tierra?”

En otras publicaciones hemos señalado en qué consiste el Destino Manifiesto. Ahora cabe agregar que es una frase y un conjunto de ideas que sintetizan el afán y el espíritu expansionista mostrado por Estados Unidos desde el siglo XVII. Esto se podría sintetizar diciendo que “este país había recibido el privilegio y el encargo de Dios para guiar y gobernar el destino del mundo”. En consecuencia, antes de que empezara la guerra contra los filibusteros, se tenía claro, en América Latina, que el filibusterismo era el corolario de esas ideas mesiánicas y hegemónicas. Además, se conocía coómo Estados Unidos, utilizando diversas estrategias, se había apoderado de enormes territorios que habían pertenecido a España, Francia y México. Este último país, según el Boletín Oficial del 9 de marzo de 1856, entre 1835 y 1854 había perdido 807.000 millas cuadradas, “que ahora pertenecen a la insaciable actividad absorbedora de los hijos del norte, por el derecho de anexión, de conquista y de compra en pública almoneda”.

También eran conocidas las andanzas filibusteras de William Walkter en la Baja California, el protectorado impuesto por Estado Unidos en las Islas Galápagos (1854), en momentos en que debido al auge de la Revolución Industrial, el guano tenía la importancia que hoy tiene el petróleo. Se contaba con el conocimiento de las actividades “colonizadoras” del coronel L. Kinney en la Mosquitia, acciones que eran relacionadas con la “insaciable actividad absorbedora” mostrada hacia Cuba.

Del expansionismo y hegemonismo contenidos en el Destino Manifiesto, y de las acciones expansionistas de Estados Unidos, estaban plenamente informados Felipe Molina Bedoya, primero, y luego su hermano Luiís (hijos del prócer guatemalteco Pedro Molina), representantes diplomáticos de Costa Rica en Washington, quienes a pesar de no ser costarricenses desempeñaron su labor imbuidos de un profundo patriotismo, teniendo exclusivamente como norte los intereses nacionales. Por ejemplo, Felipe Molina, en carta enviada al ministro estadounidense L. Marcy, en relación con los planes “colonizadores” de Kinney en la Mosquitia, era categórico al afirmar que “cualquier tentativa para invadir el territorio de Costa Rica será repelida por todos los medios de que el gobierno de Costa Rica pueda disponer” (Boletín Oficial, 3 de febrero).

No hay duda de que las autoridades costarricenses comprendían con precisión el significado del filibusterismo. Por eso, ya el 31 de marzo de 1855 el Boletín Oficial (órgano del gobierno) denunciaba la “hipocresía del gobierno de Estados Unidos”, quien “verbalmente condenaba las actividades de los filibusteros, pero por otro lado los favorecía decididamente”. IgualmenteAsimismo, Luis Molina, representante diplomático de Costa Rica en Washington, después de la muerte de su hermano Felipe, ocurrida en febrero de 1855, en documentación confidencial, con fecha 10 de noviembre de ese año, sentenciaba: “Es incuestionable que esta Nación [Estados Unidos] se halla dominada por una pasión insaciable de engrandecimiento y riqueza, que le imprime un movimiento creciente de expansión, y parece haber debitado o adulterado en ella las nociones de lo justo y de lo injusto. De aquí nacen el indiferentismo, la convivencia y aun la complicidad de los que guían la sociedad con el filibusterismo”.

En otras partes de la misiva enviada a gobernantes europeos, a los que solicitaba ayuda para la causa de América Central, Molina hacia alusión al hecho de que los filibusteros, cuando fracasaban, contaban con “seguro asilo de impunidad” [(incluso podrían ser desautorizados, agregamos nosotros)], pero si sus acciones eran “coronadas por la victoria” entonces, “sus trofeos serán aceptos a la nación, en botín legítimo y ensalzadas sus piráticas proezas”.

Con el propósito de brindar más apoyo a nuestra argumentación, en las páginas siguientes aportaremos máas referencias provenientes de medios latinoamericanos que demuestran la real envergadura del peligro filibustero.

El 12 de marzo de 1856, ocho días después de que el Ejército expedicionario saliera rumbo a Nicaragua, un diplomático colombiano afirmaba que “el gobierno de Nueva Granada había denunciado al mundo civilizado que los Estados Unidos, atropellando el derecho de gentes, quería llevar a cabo una agresión contra una nación amiga” ([se refería a Costa Rica]). eEra enfático al afirmar:

“Aquí no había guerra de dos naciones, es la verdad. Pero era peor, infinitamente peor.
Los filibusteros bautizados, apostados, organizados en el norte, y escudados bajo el pabellón de las estrellas en buques norteamericanos, han amenazado o invadido, al Brasil en las Amazonas;: al Paraguay; a Chile en Juan Fernández;, al Perú; a Venezuela; y al Ecuador en las islas del huano (sic); a Nueva Granada en Panamá; a Centro América en Nicaragua y Costa Rica; a España en Cuba; a Méjico en todas partes” [(…).] Ha existido y existe una perfidia y una resolución muy firme de ir adelante desde el seno mejicano hasta los límites de Colombia [(…).]
¿Qué puede esperarse del nuevo presidente idólatra, de la elástica doctrina Monroe, con un primer ministro como el General Cass que decía ha un año en pleno congreso, a consecuencia de los sucesos del 15 de abril, “esta es la ocasión de apoderarnos del Istmo de Panamá, aunque para ellos tengamos que sostener una guerra con Inglaterra?”

Por su parte, el periódico Neogranadino, el 17 de septiembre de 1856 en el artículo “La cuestión americana”, apuntaba que el tratado Clayton-Bulwer, celebrado entre los Estados Unidos y la Gran Bretaña, acerca de Centro Aamérica, ha pretendido “acrecentar su influencia y ganar territorios en Centro América”. Puntualizaba que además de esos antecedentes, “debía tenerse en cuenta el gran interés que muchas casas tenían en el Istmo de Panamá, por la empresa del ferrocarril y otros muchos [(…)], y el empeño vehemente con que los mismos norteamericanos han procurado hacerse de una vía por Nicaragua o Tehuantepec, no solo para asegurar sus comunicaciones con California, sino para hacerse dueños del comercio de Pacífico, la China y el Japón”.

Sin embargo, no todo era miel sobre hojuelas para la autoproclamada “raza elegida” o “Israel americana”,

“Grandes dificultades de todo género se habían presentado a los Estados Unidos para acometer la empresa tanto tiempo meditada. Tenían en contra suya la soberanía de los pueblos de Centroamérica, el interés continental de Nueva Granada y México, el odio a los recelos de España con relación a la muy cercana isla de Cuba, las opuestas pretensiones de la Ggran Bretaña, interesada en los Mosquitos y Belice, y el interés de la Francia y de todas las naciones comerciales, a las cuales importa vivamente que el istmo de Panamá sea franco para todos los pueblos, y por lo mismo que pertenezca a nNueva Granada, RRepública en extremo liberal por sus instituciones y tendencias, y que no pueda inspirar temores de ninguna clase a las demás potencias.

En presencia de tantas dificultades, el pueblo yankee encontró en el filibusterismo la solución del problema, toda vez que, con este medio, por infame y criminal que fuese, podía preparar su triunfo y sus conquistas en Centroa América y más tarde en Cuba, Panamá, el Darién, Méjico, etc., etc., sin comprometer en nada su neutralidad oficial. De aquí las expediciones descaradas de Walker y Quiney (sic), preparadas a vista, ciencia y paciencia del pueblo y el Gobierno de los Estados Unidos. [(…).]

…………….

Y no sólo se efectúa la invasión a vista del mundo entero, sino que al instante se establece una corriente de bandoleros dirigiéndose en busca de Walker y Quiney (sic), de buques con armas, municiones y recursos, y de noticias alarmantes que anuncian mil estragos. Todo eso sale de los Estados Unidos, en donde el filibusterismo encuentra no sólo protección por medio de hombres, armamentos, dinero, tolerancia, etc., sino lo que es más vergonzoso, escritores bastante impudentes (sic) para prostituir sus diarios en servicio de una causa tan infame y audaz. ([..…).]

Al principio el Gobierno de Mr. Pierce tuvo probidad y pudor, tuvo algún respeto por su propio nombre, por la moral de los pueblos, por la fuerza de sus rivales, y acaso por la soberanía agonizante de la raza infeliz, que sucumbía a los golpes del filibusterismo.

Entre tanto el valeroso pueblo de Costa Rica, conducido en persona por su digno Presidente el Sr. Mora, se lanza con generosa abnegación a la pelea, resuelto a salvar la independencia y la integridad de Centro-Aamérica., y expulsar de Nicaragua a la raza de salteadores que la deshonraba. La marcha de los costarricenses ha sido triunfal; y sólo la invasión del cólera ha podido detenerlos algunos momentos en su obra de redención y heroicidad patriótica.

Pero ¿qué ha sucedido? En el instante mismo en que Walker está experimentando derrotas y decepciones, y en que su ruina se presenta a los ojos del mundo como inevitable, la política de los Estados Unidos cambia de improviso, porque su gobierno y su pueblo se hacen cómplices de los bandoleros. En tanto que de California marchan en auxilio de Walker 277 filibusteros en el vapor Sierra Nevada, que en Nueva Orleáns y otras ciudades de la Unión se prepararan expediciones con el mismo objeto, a vista de la Nación, que la prensa filibustera de Nueva York apoya esas empresas de bandidos; el Presidente Pierce, ambicioso de prepararse un triunfo eleccionario, cubre de infamia la Uunión Americana, con el reconocimiento oficial del gobierno de Walker (el mismo a quien había llamado “pirata”), [(...)] desentendiéndose de toda justicia, de todo deber impuesto por el honor, de todo respeto por la soberanía de los pueblos débiles, de toda consideración hacia los intereses generales de la América”.

Para el Neogranadino, el asunto era muy evidente: "Desde 1855 se está jugando el drama de la independencia nacional en Centro América”

En el mismo tono, el periódico cubano Diario de la Marina, del 30 de octubre de 1856, era contundente al manifestar que la suerte de los hispanoamericanos se estaba jugando en los campos de Nicaragua. Afirmaba que ante tal amenaza era necesarioa una actitud -defensiva, pues la falta de previsión como "indicio de flaqueza es presagio de ruina". Entonces, "al combatir ahora en terreno centroamericano las repúblicas del Sur, no harían sino anticiparse al enemigo y excusarse los daños infinitamente mayores de una lucha futura dentro de su mismo territorio". La conclusión era inequívoca. "Una coalición armada, franca y directa en contra del enemigo común, eso es lo que el lance aconseja, para no decir que lo exige".

William Walker, quien se autopercibía como “predestinado”, esto es “un agente especial para trabajar en la ejecución de un destino que le había sido reservado”, en una ocasión, expresó, en Nueva Orleáns, que estaba reservado a Estados Unidos “americanizar a Centro América”. En realidad la voluntad de “americanizar” Centro Aamérica, de “americanizar” todo el continente americano, desde Alaska hasta la Patagonia, explícita en los apologistas del Destino Manifiesto, era un presagio de la “americanizaciòón” del mundo. Esto, aunque nos pueda parecer chocante, estaba planteado al menos desde las últimas décadas del siglo XVIII, cuando los descendientes de los peregrinos se apoderaron de la palabra “América” para designar al territorio correspondiente a las trece colonias. Por ello, la idea de la Confederación o Liga de las repúblicas hispanoamericanas fue el resultado de la reacción contra los intentos expansionistas y colonialistas europeos y estadounidenses.

En esa voluntad de "Federación aAmericana"' se distinguen cuatro frases, del siglo XVIII al XIX. La cuarta fase, la que coincide con la Campaña Nacional, según Benjamín Vicuña Mackenna, ilustre pensador chileno de esa época, fue "hija del miedo a William Walker". En efecto, lo que explica el renacer del ideal de defensa hemisférica a mediados del siglo XIX fue el fenómeno filibustero. Así vemos cóomo, en el mes de junio de 1856, el gran pensador chileno Francisco Bilbao sentenciaba que dos imperios pretendían renovar la vieja idea de la dominación del globo: el imperio ruso y los Estados Unidos. La Rusia está muy lejos, decía, pero los Estados Unidos están cerca. "La Rusia retira sus garras para esperar en la acechanza, pero los Estados Unidos las extienden cada día en esa partida de caza que han emprendido contra el sur. Ya vemos caer fragmentos de América en las mandíbulas sajonas del boa magnetizador, que desenvuelve sus anillos tortuosos. Ayer Texas, después el norte de México y el Pacífico saludan a un nuevo amo".

Bilbao, como otros grandes prohombres latinoamericanos, luchaban por hacer realidad la idea bolivariana de Confederación de las Repúblicas para "unificar el alma de América", perpetuar la raza americana y latina, desvanecer las pequeñeces coloniales para elevar la gran nación americana".

“Y todo esto, fronteras, razas, repúblicas [(...]) todo peligra, si dormimos. Ya empezamos a seguir los pasos del coloso que, sin temer a nadie, cada año, con su diplomacia, con esa siembra de aventureros que dispersa; ([...]) con tratados precursores, con mediaciones y protectorados; aprovechándose de la división de las repúblicas; cada año más impetuoso y más audaz, ese coloso juvenil que cree en su imperio, como Roma también en el suyo (..[.]), avanza como marea que suspende sus aguas para descargarse en catarata sobre el sur”.

Para Bilbao no era posible asumir una actitud pasiva, “no había que esperar a que la vanguardia de aventureros y piratas de territorios llegara a Panamá para pensar en la unión. Si no, después Perú sería el amenazado, como ya lo es por su Amazonas. Entonces ¡veríamos de qué peso serían Bolivia, Chile, las Repúblicas del Plata! Entonces veríamos cuál sería nuestro destino en vez del de la gran unión del continente. La unión es deber, la asociación es una necesidad, nuestra asociación debe ser el verdadero patriotismo de los americanos del sur."

Patriotismo:, he ahí el gran imperativo, pues como sentenciaba Bilbao, el gran adalid de la "emancipación mental" de nuestra América, "Walker es la invasión, Walker es la conquista, Walker son los Estados Unidos”.

Las "pequeñeces coloniales", los mezquinos propósitos oficiales, afirmaba Vicuña Mackenna, dieron al traste con el ideal de la asociación americana,; no tuvo la concreción que muchos esperaban. "Una cohorte de brillantes escritores, afanosos y desinteresados obreros de esa idea" [(mayoría chilenos)] trabajaron para hacerla realidad, "pero cada cual llega a su objeto por diversa senda". Sin embargo, bajo el liderazgo de Perú, el 15 de septiembre de 1856 se firmó el Tratado Continental [(más bien tripartito]), suscrito por Chile, Ecuador y Perú. Otros países convocados no lo firmaron, y al interior de los países que lo suscribieron ese tratado se debilitó debido a que los "partidos hicieron de él una enseña de calurosa controversia”.

No es la ocasión para relatar los avatares de la "liga de naciones hispánicas". Es pertinente resaltar, eso sí, que la agresión de William Walker se produjo en medio de las negociaciones que condujeron al Tratado Tripartito y al Tratado de Washington de 1856. Esto produjo -según una historiadora peruana especialista en política exterior-, una creciente hostilidad contra Estados Unidos en los países sudamericanos, de lo cual daban cuenta representantes diplomáticos de Estados Unidos en esos países. "Los pormenores de la agresión yanqui en Nicaragua eran ampliamente divulgados por una delegación de Costa Rica llegada a Lima y a Santiago de Chile, a través de publicaciones en la prensa que luego enviaban a las otras cancillerías latinoamericanas".

Es un hecho que existían varios motivos que justificaban la hostilidad contra Estados Unidos, "pero nada provocó una indignación y una oposición tan grande como las "hazañas" de Walker en Nicaragua. En Chile, [por ejemplo], los diplomáticos estadounidenses podían considerarse bien servidos, si se mantenía un simulacro de cortesía con ellos". En esa atmósfera de desconfianza, numerosos "gobiernos hispanoamericanos” dirigieron notas de protesta al gobierno estadounidense por su reconocimiento al gobierno de Rivas-Walker. En su nota del 9 de julio de 1856, el canciller colombiano Lino de Pombo fue particularmente duro: el gobierno de Estados Unidos estaba perfectamente enterado de las circunstancias en que Walker agredió a Nicaragua y se apoderó, virtualmente, del poder. “Reconocer a ese gobierno [(...]) era equivalente [(...]) a respaldarlo con todo el poder estadounidense y facilitarle recursos inmediatos y abundantes para que triunfase".

Por su parte, el 8 de septiembre de 1856, el ministro peruano Juan Ignacio de Osma expresó al Secretario de Estado Marcy "la sorpresa de su gobierno por el reconocimiento "de la autoridad usurpada por el Sr. Walker con el apoyo de la expedición que organiza en la Unión ", reconocimiento que hacía:

“[(...]) que el gobierno peruano considere los acontecimientos de que hoy es teatro la América Central como el principio de una agresión contra la nacionalidad de todas las repúblicas hispanoamericanas, porque ese reconocimiento, aúun sin otros actos oficiales y recientes del ministro estadounidense en Nicaragua , equivalente a una declaración formal a favor de las ideas políticas que en los Estados Unidos dan origen a esas expediciones que atacan, en su base, unos principios sin los cuales no habría paz, armonía y relaciones entre los pueblos Cristianos”.
Menos de dos meses después de ser firmado el Tratado Continental, los representantes de México, Nueva Granada, Venezuela, Costa Rica, Guatemala y El Salvador, se reunieron en Washington. Después de dos días de negociaciones -8 y 9 de noviembre de 1856 - firmaron un tratado para el establecimiento de una alianza entre los estados de Hispanoamérica nos que se llamaría “Confederación de los Estados Hispanoamericanos”:

"Celebrar un pacto semejante en Washington, en ese año, constituyó un gesto de desafío al gobierno de la Unión". Ese tratado tuvo su origen en la propuesta de los representantes de Guatemala y Costa Rica de entablar negociaciones para crear una confederación de índole defensiva, dirigida por el Congreso Plenipotenciario. Constituían puntos esenciales de esa propuesta "el no ceder jamás ni enajenar parte alguna de sus territorios, ni tampoco conceder privilegios para hacer carreteras o canales a ciudadanos o compañías extranjeras”."

Como era de esperar, ese sueño de hermandad de la "raza latina" contó con la oposición del gobierno de Estados Unidos. Poco después de la firma del Tratado Continental, el ministro estadounidense John Randolph, externó al canciller peruano José Fabio Melgar, una actitud negativa a que se incluyera en el Tratado Continental el primer punto de la Declaración de París, en el cual las naciones firmantes renunciaban a su derecho de comisionar corsarios para navegar contra el comercio de un enemigo en tiempo de guerra [(¿No es cierto que Walker era un corsario?]) Para él, eso equivalía a ceder el control permanente del mar,- y con ello el comercio del mundo- a una de las más grandes potencias navales, la Gran Bretaña. El funcionario estadounidense, profundamente contrariado por la oposición del Perú de retirar el Tratado para enmendarlo en el sentido que indicaba Clay, trató de provocar divisiones entre la clase política peruana, y acusó al Brasil de fomentar la conspiración de Chile y del Perú para armar una alianza sólida "contra las ambiciones e intervenciones de los Estados Unidos".

En cuanto al Tratado de Washington, el Secretario de Estado Lewis Cass manifestó que, con sus disposiciones para la defensa conjunta contra agresiones de potencias extranjeras y expediciones de filibusteros, constituía un desafío a Estados Unidos. En junio de 1857, Clay manifestó al nuevo canciller
peruano que la ratificación de ese tratado, por parte de la Convención Nacional, podría complicar las relaciones entre Perú y Estados Unidos; que las naciones firmantes de los tratados [el Continental y el de Washington] se habían constituido en una liga para controlar el poder de los Estados Unidos".

En esos años, el movimiento de solidaridad continental no tuvo mucho éxito. Esto se ha explicado al decir que durante mucho tiempo, después de la independencia, "las naciones hispanoamericanas estaban demasiado involucradas en sus problemas domésticos para centrarse en las relaciones exteriores. Ninguna de las jóvenes repúblicas tenía una sólida base financiera". A eso habría que agregar las diferencias existentes entre los mismos países, y, desde luego, la acción de las grandes potencias de entonces, que dirigían su política exterior movidos por el principio de "divide y vencerás", y también, cuando era necesario, amenazaban con la cañonera, como se ha visto.

Desde la perspectiva de análisis que nos ocupa, es de gran relevancia señalar, que, en diciembre de 1856, el gobierno de Costa Rica envió a Gregorio Escalante a Nazario Toledo, a Perú y Chile, respectivamente, con una misión muy especial: invitar a los gobiernos hispanoamericanos a un Congreso americano en San José, proyectado para mayo de 1857, y para obtener un préstamo de trescientos mil a quinientos mil dólares para su lucha contra WalkerWalker. , La nota circular de invitación, destaca Rosa Garibaldi, que cursaba directamente el canciller de Costa Rica, contenía fuertes acusaciones contra el gobierno de Estados Unidos. Resulta de interés el constatar que el gobierno de Chile envió una nota a su homólogo boliviano comunicando su aceptación a la invitación del gobierno de Costa Rica al proyectado congreso continental. Además expresaba la "determinación de utilizar todos los medios a su a alcance para expulsar a los norteamericanos de Nicaragua, “y alentaba a Bolivia “a hacer idéntico esfuerzo".

Casi en el mismo momento en que la prensa oficial costarricense daba cuenta de la producción intelectual de Bilbao y publicaba extractos de su "Iniciativa de las Américas..." llegó a Costa Rica, el 22 de enero de 1857, una Legación peruana encabezada por Pedro Gálvez, jurisconsulto distinguido. De acuerdo con Rosa Garibaldi, el motivo de su visita era promover la adhesión de Centro Aamérica al Tratado Continental. Según Lorenzo Montúfar, el fin era obtener, "no la confederación imaginada por el libertador, pero siquiera una liga que contribuyese a salvar los pueblos iberos de invasiones extranjeras". Esto parece ser así, pues en el discurso de presentación, el diplomático peruano expresó:

“A mí me ha cabido la honra de ser acreditado cerca de este hermoso país, y el encontrarlo presidido por un gobierno tan activo, como patriota e ilustrado, me inspira la confianza de que la misión que trae por enseña la "Unidad Americana", hallará aquí un eco digno del porvenir que encierra esa idea magnífica”.

A finales de enero, Gálvez recibió la noticia de que, en virtud de acontecimientos políticos ocurridos en su país, ningún buque peruano podía acudir a los puertos de Centroa América para apoyar las operaciones de la Legación y prestar un servicio activo a la causa centroamericana". Entre tanto, Costa Rica, que a decir de Montúfar, no tenía bastante confianza en la cooperación de las otras repúblicas centroamericanas, emprendía esfuerzos para reconstruir su ejército y continuar las acciones contra Walker. Con ese motivo, Juan Rafael Mora autorizó a Gálvez para que en representación de Costa Rica y "con los más amplios poderes coordinara con el gobierno de Guatemala la acción unida de todos los estados centroamericanos...

Lo anterior era particularmente urgente para Juan Rafael Mora, en vista de que James Buchanan -el llamado "ministro filibustero" en 1843 - ocuparía la Casa Blanca el 4 de marzo de 1858. DadoEn vista de que Buchanan era uno de los jefes más acreditados del partido demócrata, Mora pensó, con toda lógica, que favorecería de una manera decidida a Walker. Esta aprehensión explica la misión de Gálvez en Guatemala y el que enviara en misión extraordinaria a Lorenzo Montúfar a El Salvador [(este había sido nombrado Ministro de Relaciones Exteriores en septiembre de 1856]).

No procede, para los efectos de nuestro estudio, continuar con la narración de las misiones de Gálvez y Montúfar en Guatemala y El Salvador. Con lo relatado hasta aquí, creemos haber demostrado que la gesta de 1856 y 18567 tuvo un alcance continental. De ello daban cuenta, también, renombrados escritores y periodistas europeos. Razón tenía Eliseo Reclús, respetado geógrafo francés, al afirmar:

“El fracaso de los filibusteros en Nicaragua no debe ser considerado de simple importancia, por jugarse en esta guerra no solamente el destino de América Central, sino en realidad la suerte de los Estados Unidos y del Nuevo Mundo...
¿Por qué el nombre de Rivas no toma sitio en la historia de los hombres, al lado del de Maratón?”

3.- La guerra: crisol de la nacionalidad

La nación, la nacionalidad costarricense, no fue un invento de ningún iluminado, no fue una creación de "águilas académicas" que fabricarían etiquetas para hacer que la masa, como por arte de magia, a partir de un momento, digamos 1880, dejara de ser josefinos o cartaginéeses, para convertirse en costarricense. Es necesario dejar a un lado esas especulaciones, que no aportan nada o muy poco al conocimiento empírico - el que se obtiene después de una paciente labor en los archivos y hemerotecas. Es impostergable, para evitar dañinas confusiones, insistir en que la nacionalidad costarricense es el resultado de la interacción dinámica y diacrónica de un conjunto de elementos que, después de una etapa de germinación, cristalizaron con la epopeya más grande y hermosa que ha protagonizado Costa Rica a lo largo de su historia.

Efectivamente, desde la época colonial Costa Rica ha sido objeto de amenazas provenientes del exterior -reales o imaginadas- que han contribuido a consolidarafirmar los sentimientos de afirmación colectiva. En el siglo XIX, ejemplos de ello lo fueron la "cuestión de límites” y la invasión de los filibusteros jefeados por William Walker, que constituyeron lo que se conoce como "crisis de identidad territorial." Esto significa que todos los grupos humanos, incluyendo la nación, se afirman cuando creen que su integridad está en peligro. Desde los tiempos más remotos, las agrupaciones humanas _ de las más simples a las más complejas_ han protagonizado "guerras de identidad territorial”. Siempre la causa de las guerras ha sido el cercenamiento de una parte del territorio, o bien, otro factor que se considera lesionador de la identidad.

Pero sin lugar a dudas, la crisis de identidad territorial por excelencia que ha experimentado la sociedad costarricense, fue la lucha contra los filibusteros. En esa coyuntura se comprobó, que como lo sentenciaba el apóstol cubano José Martí, “la patria se defiende en las trincheras de piedra y en las trincheras de ideas”. En el mismo sentido, Joaquín Bernardo Calvo Mora, Ministro de Relaciones Exteriores durante la administración de Mora Porras, acotaba que “el amor patrio no se limita a empuñar las armas. Patriotismo es contribuir con recursos y esfuerzos a aminorar los desastres de la guerra”.

La Campaña Nacional proporcionó ejemplos de todo lo anterior. Se debe precisar que las autoridades costarricenses hicieron gala de un espíritu realmente previsor, lo que se explica por el hecho de estar bien informados del fenómeno filibustero y de su relación con el Destino Manifiesto. En primer lugar, en esa etapa de preparación tomó medidas de carácter militar, asunto sobre el cual se trabajaba desde hacía varios años.

En relación con esta cuestión cabe precisar que se ha elaborado una versión idílica en el sentido de afirmar que el ejército costarricense que se enfrentó al filibusterismo estaba compuesto de fuerzas totalmente improvisadas [(campesinos descalzos]), y que los soldados tenían apenas unos malos fusiles de chispa.

En realidad, desde la segunda administración de Braulio Carrillo (1838-1842) la institución militar entró en un periodo de crecimiento sostenido. Luego, con Juan Rafael Mora, la profesionalización del ejército avanzó sustantivamente, lo que se reflejó en diversos aspectos: aumento de pertrechos, material de guerra, instrucción militar, asignación de un presupuesto más elevado, así como del número de componentes del ejército. ([Este, según el Reglamento de Milicias de 1850, estaba formado por el ejército de operaciones y la guardia nacional)]. Así, destaca la contratación, entre los años de 1852 y 1853 de un militar polaco llamado Von Salisch como instructor general de las milicias. Significativo fue el aumento de los milicianos, pues ya en 1856 el ejército estaba compuesto por 6000 hombres. Por su parte, el presupuesto de la cartera de guerra era en 1851 de $52000, en 1855 de $88000 y en 1857 de $92000 [(cifras en miles de pesos)]. Con respecto a los sueldos, estos oscilaron, de 1852 a 1864, entre 2000 y 1500 pesos anuales para un general de división,; entre 800 y 900 pesos para un teniente coronel,; entre 600 y 720 para un capitán;, 354 y 200 pesos para un cabo segundo;, entre 720 y 480 pesos para el maestro de música marcial,; entre 720 y 700 y 1500 pesos para el director de banda,; entre 180 y 204 para el tambor mayor,; entre 156 y 204 pesos para el corneta;, y entre 2 y 1/ 2 reales a 84 pesos para el soldado"

Por otra parte, el robustecimiento que tuvo la institución castrense a partir de 1850 se explica por dos factores: los conflictos limítrofes o es con Nicaragua que estuvieron a punto de provocar una guerra, y la inminencia de la invasión de las fuerzas filibusteras de William Walker.

Así, en 1856, las fuerzas armadas costarricenses disponían de los rifles minie (comprados en Inglaterra), catalogados como "los mejores en su tiempo”. Asimismo, contaban con cañones de montaña y de campaña, de bronce con manganeso, fabricados en ese país, armamento usado corrientemente en la década de 1850.

El hecho de que el ejército estuviera constituido por un número significativo de milicianos, no quería decir que todos tuvieran una preparación adecuada. Más aún, el ejército no había tenido experiencia bélica propiamente dicha. La guerra constituyó una oportunidad para aprender a partir del ensayo y error, como se desprende de la información aportada por la CrónicaRONICA de COSTAosta RICAica del 4 de agosto de 1858.

“Costa Rica, que hizo su primera campaña con 2500 hombres (entre los cuales solo mil estaban instruidos) y con 500 rifles de minie, puede hoy presentar sin trabajo nueve mil soldados, entre ellos cuatro mil perfectamente disciplinados, aguerridos y armados con buenos rifles para los que tenemos tres millones de tubos fulminantes a prueba de agua, precaución que nos ha hecho tomar la campaña del río, donde más de una vez nos puso en apuro la pérdida de los tubos comunes por la humedad”.

Si bien se debe desechar la creencia de que el ejército costarricense estaba compuesto por campesinos descalzos, eso no significa que no se hubiera dado una significativa participación popular, pues como lo precisaba un informe del propio Ministro de Hacienda y Guerra, del año 1856:.

“Los costarricenses estuvieron a la altura del llamado que se les hizo para enfrentar a los que “ya tan declarados enemigos de nuestra estirpe y nacionalidad ([…)]. Magnífico fue el espectáculo que presentó entonces la República. El pueblo corrió a las armas: la juventud valiente y decidida olvidaba sus intereses todos; las madres, esposas, hermanas e hijas nos alentaban a ir a combatir por la patria derramando lágrimas de entusiasmo. Jamás se ha presentado nuestro pueblo como entonces y aquella intrépida decisión con que marchaban a defender la integridad nacional centroamericana”.

Esa afirmación coincide con el testimonio de uno de los protagonistas de la guerra, el General Víctor Guardia, quien en sus memorias afirma que el ejército estaba formado en su “totalidad por voluntarios, todos jóvenes y robustos, porque hubo de sobra de donde escoger entre los millares de hombres que se presentaron al llamamiento del Presidente”.

La preparación para la guerra se dio también en el ámbito psicológico. En ese sentido cabe destacar las proclamas de Juan Rafael Mora, antes y durante la guerra, y los edictos y alocuciones del Obispo Monseñor Anselmo Llorente y Lafuente, lo mismo que las poesías y canciones compuestas entre 1855 y 1857. En relación con las proclamas del presidente Mora Porras, las maás conocidas son las del 20 de noviembre de 1855 y la del 1 de marzo de 1856. En elloos se trata de inflamar el sentimiento patriótico, de apelar de manera profunda a los sentimientos del pueblo;, se trata de fomentar la fraternidad entre la población (consustancial a toda nacionalidad)., eEn suma, son portadoras de un mensaje que llega muy profundo, “rectamente hondo [(…)] a despertar los generosos sentimientos que elevan al hombre por encima de la materia”.

Por su parte, las expresiones dirigidas a la comunidad nacional por el obispo Llorente y Lafuente se caracterizaron por su contenido altamente emotivo y movilizador, pues buscaban despertar las fibras máas profundas de la población, y apelar a los valores más arraigados del costarricense. Se resaltaba la responsabilidad que “tiene la defensa de la patria, la religión y la familia”. Se enfatizaba en que los sacerdotes debían tener un papel activo al acompañar al ejército al campo de batalla”, pero lo fundamental es que, a decir de Monseñor Sanabria, “los púlpitos se convirtieron en tribunas de patriotismo”.

Para comprender la importancia que tuvo el factor religioso como instancia movilizadora durante la Campaña Nacional, se debe recordar que durante la cColonia y buena parte del siglo XIX, las actitudes de la vida cotidiana del costarricense (este gentilicio se usa ya en la primera década del siglo XIX) estaban regidas por las creencias religiosas, “o sea que la visión del mundo de nuestros ancestros estaba conformada fundamentalmente por elementos de corte religioso”.

En relación con lo anterior, es realmente significativo el hecho de que la guerra contra los filibusteros fuera visualizada como una “guerra santa”, mientras que al filibusterismo se le atribuía el propósito de establecer una iglesia protestante en Nicaragua, y se le acusaba de cometer tropelías contra los templos católicos en el vecino país del norte. Desde esta perspectiva, es de gran relevancia el que la misma indumentaria de los soldados tuviera una enorme carga simbólica, como lo demuestra la siguiente referencia:

“Cuando nuestros soldados marchaban a combatir a los filibusteros, la misma divisa llevaban unos y otros en sus sombreros. ¿Qué los distinguía de sus enemigos?
¿Su traje, sus costumbres, su valor? Síi, todo esto, pero más que nada la fe en la justicia de su causa, la esperanza en la protección del Omnipotente, y una cruz, una cruz de palma, símbolo bendito de nuestra redención, que la mayoría había colocado sobre las rojas franjas de sus sombreros.
Era una santa cruzada. Era la manifestación de sus patrióticos sentimientos consagrados por el mágico fervor que inspira la más augusta de las religiones”.

Aunque las historias de la literatura y de la música lo han ignorado, la Campaña Nacional fue una importante fuente de inspiración poética. Prueba de ello fue el Clarín Patriótico o Colección de Canciones y otras poesías compuestas en Costa Rica en la guerra contra los filibusteros invasores de Centro-América. Según su autor, Tadeo Nadeo Gómez, se trataba de una colección de canciones y poesías, divulgadas primero, en 1856 y 1857 en los periódicos de la época, y publicadas luego, en forma de folleto, en la segunda mitad de 1857. La finalidad de su autor era exaltar los sentimientos de identificación colectiva de aquellos que, en 1856, se denominaban, reiteradamente, “hermanos”.

Por razones de espacio, en este artículo solo podemos destacar que una de las “composiciones de ese opúsculo es el himno denominado “Antes de salir el ejército para la campaña”, el cual fue musicalizado por Alejandro Cardona y Llorens, un destacado músico español que llegó a Costa Rica en 1853. En 1856 contrajo matrimonio y, en ese mismo año, según sus propias palabras, “identificado con mi nueva patria y decidido como cualquier ciudadano a hacer propias las penas y alegrías de Costa Rica, me afilié con verdadero entusiasmo a los valientes que salieron a luchar por la honra e integridad de Centro América”.

El himno en cuestión era un verdadero canto guerrero, lo que se aprecia tanto en su letra como en su música. Está compuesto de varios coros y en la primera estrofa del primer coro se dice así:

“Preparemos las armas invictas
En defensa de patria y honor;
Les dará nuevo lustre de gloria
Nuevo brillo los rayos del sol”.

Este himno fue cantado por primera vez el 6 de diciembre de 1855. Según el Boletín Oficial, esa noche “se formó una cabalgata de más de doscientas personas con música militar a su frente y fueron a la hacienda del Sr. Presidente Mora a hacerle una manifestación patriótica con motivo de su proclama de alerta [la del 20 de noviembre]. Se estrenó un himno patriótico y se recorrió las calles de San José dando vivas a la libertad”.

Se comprueba, entonces, que en el Clarín Patriótico hay una convergencia de poesía y música, lo cual está en concordancia con el hecho de que tradicionalmente la música había sido muy importante en las guerras. En el caso costarricense, las bandas musicales, que tuvieron un origen netamente militar, tenían como tarea convocar y emocionar a la población en circunstancias especiales. Por esa razón, cuando el ejército nacional salió la mañana del 4 de marzo de 1856, lo acompañaba la banda militar de San José, con su director Manuel Mariía Gutiérrez. La función que debía desempeñar esa banda era muy clara: animar “con sus marchas a los soldados e infundirles el coraje necesario en los combates”.

Es cierto que en Costa Rica hubo un grupo de personas que favorecía la causa del filibusterismo, pero en general la población respondió a la “clarinada” lanzadaque lanzaron desde noviembre de 1855 por Juan Rafael Mora y el Obispo Llorente y Lafuente. Así hemos podido comprobar que el cabildo o ayuntamiento, considerado el origen de la democracia representativa, bastión de la nación como comunidad política, fue el espacio público donde las comunidades, en cabildo abierto, discutieron y acordaron su apoyo al llamado de alerta que hacían las autoridades civiles y religiosas.

En esos cabildos abiertos la población daba testimonio de ser consiente de que la “invasión filibustera” era una amenaza real. Por ejemplo, los vecinos de Heredia afirmaban que no habría uno solo “que eche un pie atrás en presencia del peligro”, mientras que los de San Ramón ofrecían al “supremo gobierno, como buenos hijos de Costa Rica, su propiedad y su vida en defensa de la religión, de la independencia y de la paz amenazadas”. Al mismo tiempo daban gracias al “excelentísimo Señor Presidente, y al Ilustrísimo señor Obispo de la República” por las expresiones de “firmeza, patriotismo y abnegación”.

Ya hemos señalado que el Ministro Joaquín Bernardo Mora sostenía que el patriotismo no se expresaba solo en el frente de combate, o en las “trincheras de piedra”, como decía Martí. La guerra también demandaba un gran esfuerzo económico. Por ello, el “trabajar con ardor”, como decía el Ministro Mora, se expresó, en parte, en la cuestión de los empréstitos forzosos y voluntarios, lo que afectó tanto a los capitalistas como a los menos pudientes.

En concordancia con lo anterior, debe entenderse la decisión del Presidente Mora Porras al hacer uso de las facultades otorgadas por el Congreso para levantar varios empréstitos obligatorios con el propósito de hacer frente a los actos de guerra. El primero, decretado el 28 de febrero de 1856, era de cien mil pesos “distribuidos entre los capitalistas hijos del país, en esta forma: cuarenta y cinco mil pesos en la provincia de San José, veinte mil en la de Cartago, igual cantidad en la de Heredia, y quince mil en la de Alajuela”. Para hacer efectivo el cumplimiento de ese decreto, se nombraron comisiones en todas las provincias compuestas por “cinco individuos respetables, presididas por su respectivo gobernador”.

Según Armando Rodríguez Porras, el pueblo comprendía tan claramente el peligro que representaban los predestinados de los ojos azules que “se aprestaba voluntario y feliz al cumplimiento de su destino”. Aunque evidentemente hay exageración en esa afirmación, sí nos parece relevante destacar el caso de los habitantes de San Ramón. Estos, en su mayoría trabajadores agrícolas, no pudieron cubrir la cuota asignada por el empréstito forzoso de febrero de 1856, pero estuvieron en disposición de ceder decenas de fanegas de totoposte. Para comprender adecuadamente el gesto de los vecinos de San Ramón, se debe tener presente que el totoposte era una rosquilla de maíz, grande, gruesa y durísima, que constituía el principal bastimento de los arrieros. Además uno de los productos de mayor consumo popular era el maíz, con el cual se elaboraban bizcochos y tortillas. Por otro lado, debido a la seria crisis económica que produjo la guerra y al vacío demográfico causado por la peste del cólera, en el propio año de 1856 se produjo una carestía de trigo, maíz y papas. Solo de maíz se llegó a calcular el faltante en 30000 fanegas, y la cajuela de ese preciado producto llegó a valer hasta “cuatro dólares y veinte y cinco céntimos”.

El 15 de octubre de 1856, el Congreso de la República autorizó “omnímodamente al supremo Poder Ejecutivo para continuar la guerra contra los invasores”. La segunda campaña se llevó a cabo de noviembre 1856 a mayo de 1857. Igualmente ordenó un nuevo “empréstito general de setenta y cinco mil pesos pagaderos por todos los costarricenses que tengan un capital que no baje de mil pesos, por terceras partes y en justa proporción del haber de cada uno”. También determinó que el “gobierno pagará religiosamente el rédito anual que devengan los capitales emprestados a razón de un dos por ciento mensual”.

Resulta sumamente significativa la respuesta que dieron diversas localidades del país en el sentido de suscribir contribuciones voluntarias. Por ejemplo, decenas de alajuelenses dirigieron una misiva al Presidente de la República en la que externaban lo siguiente:
“Señor:

Los abajo firmados, convencidos de que para conservar nuestras propiedades, vida, religión y leyes, así como el honor de nuestras esposas e hijas, es forzoso hacer la guerra sin tardanza a los injustos invasores de Centro Aamérica y de que, si pasa el verano sin exterminarlos enteramente, recibirán auxilios que harán más difícil, larga y sangrienta esta lucha; seguros de los sentimientos de V.E. y de que si no ha continuado la guerra con vigor es por la escasez del erario público.

Ante V.E. comparecemos ofreciendo nuestras personas y bienes en general, y particularmente por ahora”.

Y a continuación se especificaba la contribución personal o familiar, en especie, en servicios, en ganado y en dinero. La prestación en especie comprendía cosas muy diversas: ganado (desde 1 a 500 vacas o novillos), mulas, “un muleto o su valor”, o bien fanegas de maíz o de frijoles. Un caso muy especial es el de Francisco Arias, quien ofreció 50 pesos “y cuanto más pueda ratificando el ofrecimiento de mi persona y la de mis tres hijos”.

Por su parte, los heredianos (de la ciudad), antiguos aliados de los alajuelenses durante la “guerra de la liga”, también respondieron al “sagrado deber que la naturaleza, la religión y la sociedad les imponen imperiosamente para el sostén de su patria, familia y principios consiguientes”. En carta enviada al “Excmo. Señor pPresidente de la República, el 14 de noviembre de 1856, manifestaban entre otras cosas, que “íntimamente penetrados de nuestro deber, si tan vergonzosa aquiescencia dura por más tiempo, queremos cada cual, conforme a sus capacidades, ofrecer como empréstito voluntario lo siguiente…”

Como en el caso de Alajuela, su oferta se concretó en especie o en dinero. En lo que se refiere al aporte en especie, este se materializó en víveres y café, lo que demuestra el auge que ya experimentaba el “grano de oro” en la región central del país. En lo que corresponde al ofrecimiento de dinero, las contribuciones fluctuaron en 17 y 200 pesos. Asimismo, los distritos de la provincia de Heredia hicieron donaciones de víveres, café, ganado y dinero. En lo que se refiere a los aportes monetarios, en Barva, el promedio estuvo por debajo de los treinta pesos, y el más alto fue de 100. En Santo Domingo el grueso de las contribuciones fue en metálico.

Es curioso constatar que algunos de los habitantes de Heredia y sus distritos habían figurado como “prestamistas forzados” (decreto de febrero de 1856), pero también lo fueron de manera voluntaria. Varios de estos eran importantes cafetaleros y luego serían considerados benefactores o ciudadanos ilustres de la ciudad de Heredia, como fue el caso de Rafael Mora, Braulio Morales, Joaquín Flores, Juan María Solera y otros más.

Ciertamente, la guerra contra los “agentes del Destino Manifiesto” requirió, sin lugar a dudas, necesariamente, de los esfuerzos de toda la población. En esa época, en todo el mundo, la mujer gozaba de una ciudadanía incompleta, pues no tenía acceso a los derechos políticos. Se le educaba para ser “reina del hogar”, lo que, en realidad quería decir, para servir mejor al hombre. Cuando un censo consignaba el oficio de las mujeres se indicaba: “el propio de su sexo”, o sea, las actividades domésticas. Por ello, cuando empezó la guerra, a la mujer se le asignaron las actividades que - salvo excepciones - tradicionalmente había ejecutado. De ello daba cuenta en lenguaje campesino, “El Gato”, un soldado de San Pedro de Poás que combatió en 1856, al manifestar: “se les alistó ([a las tropas]) de bastimento, más que nada de bizcocho que las mujeres por orden superior tenían que hacelo (sic) y mandarlo al cuartel”.

Aunque en su libro La Campaña del Tránsito, don Rafael Obregón Loría no mencionaba la participación de las mujeres en la guerra contra los filibusteros, en una versión posterior afirmaba que, según la tradición oral, una o dos señoras se ofrecieron a cooperar en la atención de algunos servicios, o sea a desempeñar las funciones de las llamadas “cantineras” que solían acompañar a las tropas para servirles bebidas y prepararles comidas a los soldados. Sus nombres han quedado en el anonimato, excepto el de la señora Francisca Carrasco quien, años más tarde, por encontrarse anciana y en estado de pobreza, gestionó alnte el gobierno una ayuda económica, y entonces el presidente Bernardo Soto le otorgó una pensión mensual de quince pesos.

También se ha afirmado que Pancha Carrasco fue a Nicaragua como cocinera del Presidente Mora en 1856. Estuvo en las batalla de Rivas, y quienes defendieron al Estado Mayor Costarricense cuentan que la intrépida cocinera abandonó sus cacerolas en que preparaba el almuerzo y se lanzó a la pelea llevando en su delantal municiones para los combatientes, y en su palabra fogosa y amenazante, furor para acometer a los enemigos.

De acuerdo con Luiís Ferrero, “ese 11 de abril de 1856, Doña Pancha [(….)], arma en puño, valerosa como digna representante de su patria y el ejército liberador, dirigió su acción contra un núcleo de invasores. El “cañoncito” de los filibusteros fue el objetivo. Preparó su fusil, apuntó, disparó, y el jefe del cañoncito cayó fulminado.
“Doña Pancha fue llevada en triunfo, en medio de vítores se festejóo la victoria. Aquella mujer había abandonado su hogar para ir a defender a la patria y lo hizo con denuedo. La hazaña no consta en documentos de la época, pero ha sido confirmada por veteranos sobrevivientes al 1890”.

Doña Pancha tampoco temió al cólera morbus, flagelo tremendo que azotó el país después de la guerra. Asistió con mano fraternal, a los apestados.

El fervor patriótico de Doña Pancha no se amainó; estaba con el ejército costarricense para la toma de los vapores del río San Juan, en las postrimerías del año de 1856”.

Manuel Bermúdez. “Las guerras invisibles del 56”, en La Nación, 19 de marzo del 2006. (ANCORA, p.2) este es un hermoso reportaje, pero ofrece cifras exageradas en cuanto a la participación de la mujer en la Campaña Nacional, sin indicar las fuentes utilizadas.

El decreto del Ccongreso de la República, del 26 de octubre de 1857, contemplaba construir un monumento que eternizara la memoria de los triunfos de Santa Rosa y San Juan. Determinaba que “en recuerdo del triunfo completo de las armas de Centroamérica y de la redención y expulsión de las fuerzas filibusteros, el día 1º de mayo será feriado y se celebrara en toda la rRepuública con la solemnidad posible, saludándose al Pabellón, en la aurora de dicho día, con veintiún cañonazos. En acuerdo legislativo no se hizo realidad en los años inmediatamente posteriores al fin de la guerra contra los filibusteros. Esto se explica porque, debido a las consecuencias económicas negativas de la guerra, la reconstrucción del país pasó a ser sin ninguna duda, la primera prioridad;, a esto se debae agregarse el hecho de que el peligro filibustero no desapareció sino con el fusilamiento de Walker en 1860. Pero lael clave del incumplimiento de decreto de 1857 radica en una deliberada política de olvido ejecutada por los enemigos de Mora, pues estos trataron de disociar su nombre del recuerdo de la Campaña Nacional. Por eso, no fue sino en la década de 1890 cuando se inauguraría el llamado “Monumento Nacional”, pero la parte del decreto que establecía el 1º de mayo como fiesta nacional no se ha hecho realmente efectivao hasta hoy. La decisión del Gobierno de Alfredo González Flores de “declarar a perpetuidad el 11 de Abril día feriado y la fiesta nacional de la Republica”, hecho valioso en síi mismo, contribuyoó a afianzar ese olvido, pues desde entonces la atención de la población se ha concentrado en el episodio del 11 de abril, perdiéndose así la perspectiva del proceso. (Juan Rafael Quesada C;, “1856 - 1857: Memoria y Olvido” La Nación, 26 de mayo del 2006).

En otras investigaciones se afirma que, además de Pancha Carrasco, en la Campaña Nacional participaron otras mujeres, entre ellas Bernabela Chavarriía, Mercedes Mayorga, María de Jesús Lunn, Rita Gutiérrez y Bernarda Durán. Ellas, además de cocinar, “prestaban servicios de lavado de ropa, costura y otras labores. Igualmente, desde 1853 el gobierno “nombró una comisión compuesta de las señoras doña Inés Aguilar de Mora, doña Ignacia Sáenz de Gallegos, doña Jerónima Fernández de Montealegre y doña Dolores Gutiérrez de Mora para recolectar cuanto auxilio se dignen dar los vecinos de la capital para alistar cien lechos para los heridos”.

Al calor del sesquicentenario de la Campaña Nacional se ha afirmado, con razón, que “los actos de heroísmo y sacrificio no tuvieron por único escenario los campos de batalla”. Un destacado profesional del periodismo cultural sintetiza ese hecho con las siguientes palabras:

“Las mujeres sostuvieron la economía del país; atendieron fincas y haciendas: marcharon junto a los soldados; recogieron y lloraron a sus seres queridos muertos en el frenesí de la guerra;: sostuvieron y criaron a los pequeños; enfrentaron los estragos de una economía colapsada y atendieron a sus familias ante los embates de la peste del cólera. (..[.]) Su sacrificio cotidiano permitió la supervivencia del país”

Como es conocido, ha a predominado una tradición historiográfica que ha exaltado sólo a los “directores de un movimiento”, o a los “personajes históricos”, como lo prescribían, a finales del siglo XIX, los manuales de metodología de la historia. Esta ha sido, en particular, la forma de en que se han abordardo los conflictos bélicos, donde, en contraposición, los que libran las batallas son seres anónimos, que a veces ni figuran en los documentos oficiales.

En consecuencia, no fue sino en la década de 1990 que se puso en evidencia la participación de las comunidades indígenas de Pacaca, Orosí y Tucurrique en la lucha contra los filibusteros. Estaos aportaron dinero, víveres y servicios. Por ejemplo, en respuesta, evidentemente, a la contribución voluntaria solicitada por el gobierno en octubre de 1856, un grupo de indígenas de Pacaca envió una carta al Presidente de la República con fecha 27 de noviembre, en la que manifestaban su disposición de ayudar al Supremo Gobierno a arrojar del suelo centroamericano a los ”salvajes filibusteros”. Agregaban que “sin necesidad de excitación alguna de autoridad o persona de la capital del cantón, a máas de ofrecer a V.E. nuestras personas, cooperamos con nuestra pequeñez a la grandeza de nuestra independencia con las cantidades siguientes”: [(cada persona especificaba su aporte en especie, en vacas o reses gordas y en dinero]).

Los indígenas de Pacaca añadían en su misiva: “También ofrecemos la pequeña fortuna que poseemos, la cual nada significará así nuestra existencia, si consentimos en dejar que el filibusterismo nos imponga su ignominioso yugo”.

Ante ese ofrecimiento, el gobierno dispuso, en circular enviabda al gobernador de Cartago con fecha del 11 de diciembre, que “a los vecinos de Orosí y Tucurrique no se les ocuparía como soldados en el Ejéercito Nacional, [(…)] a cuyo efecto en esta fecha se libra la orden correspondiente por el Ministerio de Guerra, pero que los mismos vecinos son obligados a prestar auxilios al Gobierno del modo que les es posible. Y necesitándose ahora de cooperación para la pronta y oportuna provisión de víveres a la división expedicionaria sobre el Sarapiquí, manda S.E. que de dichos pueblos se alisten 50 cargueros, que deben presentarse al Proveedor General en esta ciudad, el lunes 22 de los corrientes”.

Además se autorizaba a la gobernación de Cartago para que diera a cada indígena carguero dos pesos para que compraran lo que quisieran, dinero que se tomaría del empréstito que se recaudaría en esa ciudad. Asimismo, el gobierno acordó pagar a los indígenas las labores “a razón de seis reales arroba de la carga que conduzcan de la mitad del camino al muelle, y que el pago es de presente en su regreso a la capital”.

Es revelador el hecho de que a pesar de todas las limitaciones de que fueron objeto los indígenas después de la independencia, al presentarse la extraordinaria crisis de identidad territorial causada por el filibusterismo invasor, estosllos mostraron fidelidad al terruño. Eso no debe sorprender, pues en toda América Latina las milicias integradas por las castas siempre dieron muestras de combatividad y eficacia.

Hasta el momento hemos aportado pruebas de que en Centroamérica, en 1856 y 1857, la independencia, la soberanía y la nacionalidad se defendieron y construyeron en diversas trincheras: en el frente de batalla, y por medio del esfuerzo en los campos,. en las trincheras: en el frente de batalla, y por medio del esfuerzo en los campos, en los trapiches, en los talleres artesanales, en los comercios. Pero también la lucha se dio en las “trincheras de ideas”. Un caso ejemplar fue el Clarín Patriótico, pero no fue el único. Igualmente, ese tipo de combate se dióo desgracias al empleo de la palabra escrita. En ese sentido cabe recordar la destacadísima labor de los hermanos Molina Bedoya...

Menos conocida, pero igualmente importante, fue la labor del talentoso periodista y escritor francés Adolphe Marie. Llegado a Costa Rica en 1848, poco tiempo después figuraba como uno de los máas cercanos colaboradores de Juan Rafael Mora. De él dijo el viajero alemán Moritz Wagner que fue uno de los que más previnieron al Presidente Mora “contra el creciente dominio que va adquiriendo Estados Unidos en la América Central”.

Precisamente, en su calidad de consejero de Mora, Marie planteó la necesidad de reorganizar el servicio de prensa del gobierno. El objetivo era muy simple: combatir la campaña de desinformación orquestada por William Walker a través del periódico El Nicaraguüense, el cual circuló en Granada mientras el célebre filibustero tuvo el control de esa ciudad.

Durante el tiempo que Marie radicó en Costa Rica tuvodesempeñó una activa labor periodística. Como redactor y director escribió artículos sobre temas de carácter nacional e internacional. Notables fueron los artículos sobre la cuestión de la nacionalidad, y el preclaro ensayo titulado “Porvenir de Centro América”, el cual ya hemos citado anteriormente. En élAhí, Marie se refería al peligro que representaba para toda Centroamérica la teoría del “Destino Manifiesto”. Después de uno de los viajes realizados a Francia, regresó a suelo costarricense e inmediatamente se trasladóo al campo de batalla. En abril de 1856 fue nombrado Secretario General del Ejército, y como tal, tenía la responsabilidad de informar a San José de todo lo acontecido en el frente y de hacer circular las disposiciones tomadas por el primer mandatario.

Emilio Segura fue otra persona que puso su talento de periodista al servicio de la causa costarricense y centroamericana. Este personaje, sobre el cual existen dudaspolémica acerca de si era español o colombiano, llegó a Costa Rica en 1850. Se quedó en el país ante invitación cursada por Marie, y desde ese momento, se incorporó al periodismo nacional. En varios periódicos costarricenses, Segura fue compañero de trinchera de Marie, y cuando empezó la guerra llevó al frente de batalla una imprenta “en la que se editaron bajo su dirección varios números del Boletín del ejército”. De su poética pluma brotaron numerosos artículos que contribuyeron a inflamar el patriotismo costarricense.

En las “trincheras de ideas”, participaron igualmente, como hemos señalado, numerosos articulistas de varios países latinoamericanos. Pero también en periódicos y revistas europeas se escribían rigurosos artículos donde se denunciaban las acciones expansionistas de los agentes del “Destino Manifiesto”. Además se resaltaba el hecho de que Costa Rica se había atrevido “a enarbolar el pabellón de la patria común y a combatir por su independencia”.

En suma, fueron varios los extranjeros que convirtieron a Costa Rica en su patria adoptiva, o que interiorizaron profundamente la idea de que la patria era toda la humanidad y por ende actuaban como “ciudadanos del mundo”,. tTodos ellos con su pluma libraron ruda guerra contra los filibusteros. Con su pensamiento convertido en acción, colaboraron en esa empresa colectiva que fue la fragua de la nacionalidad costarricense.

Sepamos honrar a los antepasados

El 10 de mayo de 1857, en una reunión de vecinos de Cartago, convocada por el gobernador Félix Mata, este manifestó que había terminado la “gloriosa lucha”, que el triunfo había sido posible, gracias a que se trataba de una “santa causa”. Otros resaltaban el carácter previsor del gobierno de Costa Rica, que había sido “el primero en percibir el riesgo que corría nuestra independencia y nacionalidad”. Enfatizaban “que todos los pueblos se habían manifestado dignos de la misma independencia y libertad que han defendido”, y que el “ejército nacional se ha cubierto de gloria en los campos de batalla y ha dado las más eficientes pruebas de heroicidad y patriotismo”. Por tanto, consideraban que esa guerra defensiva debería considerarse de manera que “jamás pereciera en la memoria”.

En efecto, una vez que William Walker se rindió ante las fuerzas armadas centroamericanas, el 1 de mayo de 1857, las costarricenses regresaron al territorio nacional. Ese retorno se produjo entre el 4 y el 12 de mayo, día en que llegaron a San José, pero las festividades se prolongaron hasta el 24 de ese mes e incluyeron a Cartago.. De acuerdo con la perspectiva de análisis que orienta nuestras investigaciones, como académico y ciudadano, nos interesa resaltar que el regreso tuvo un gran impacto sobre la población costarricense; incorporó como actores protagonistas a las comunidades por donde pasaban los soldados, aunque difícilmente un solo costarricense podría quedar al margen de aquella hermosa jornada que constituyó la culminación de esa epopeya colectiva, llamada la Campaña Nacional, y que solo los interesados en promover el borreguismo, nueva forma de filibusterismo, han tratado de empañar.

Durante las actividades realizadas a propósito del regreso de las tropas costarricenses, los cartagineses tuvieron un gran interés en que la gesta de 1856-1857 permaneciera para siempre en la memoria de los habitantes de Costa Rica; que fuera un fuego eterno que alimentase lo máas profundo de nuestra identidad. En realidad, el deseo de cultivar la “santa memoria de los que murieron para salvarnos”, fue una preocupación esencial de las autoridades que condujeron al país en la lucha contra el filibusterismo. Eso explica el acuerdo del Congreso, del 26 de octubre de 1857, que ordenaba conceder honores y premios a los “abnegados soldados que habían combatido a las huestes filibusteras” y mandaba a construir un monumento que “eternizara la memoria de los triunfos de Santa Rosa y San Juan”.

La preservación de la memoria, sin embargo, no solo se logra por medio de monumentos u otros espacios físicos; también a través de conmemoraciones, emblemas y símbolos. En ese sentido es fundamental tener presente, que, durante la guerra contra los filibusteros, la bandera de Costa Rica, como espacio de memoria simbólica por excelencia, desempeñó un papel destacadísimo. Son innumerables los ejemplos en que el pendón o bandera nacional fueron usados como talismán para evocar glorias y triunfos del ejército nacional.

Por ejemplo, al conocerse la noticia de que las fuerzas costarricenses tomaron posesión de las plaza de Rivas el 1 de mayo de 1857 y del “buquecillo pirata San José”, el 7 de mayo, en varias poblaciones de Costa Rica hubo “campanas, música, gritos de alegría, iluminación de calles, fuegos, paseos, bailes, y por todas partes la bandera nacional tremolaba en todas las casas”.

El 14 de julio de ese año entró a San José la última columna que quedaba en el Río San Juan. En esa ocasión, la “bandera nacional ennegrecida por la pólvora, honrada por las balas, desgarrada en repetidos combates, ondeabda delante de ellos como un trofeo de gloria sostenido por su abnegación y valor a través de mil peligros”.

Ese día, el redactor de la Crónica de Costa Rica pudo sintetizar, magistralmente, el impacto que tuvo sobre la nacionalidad costarricense la guerra contra los “agentes del Destino Manifiesto” al escribir:

“Costa Rica!, Oh patria de honrados y valientes labradores, ahora te queremos máas por que hemos padecido el hambre y la intemperie, las frías lluvias y los ardientes soles, y todo linaje de peligros entre las epidemias y la metralla, por defenderte: sií, te queremos más y pronunciamos tu nombre con orgullo. Esa bandera no es un pedazo de trapo, no: es el lábaro que nos ha guiado siempre a la victoria al grito de “viva Costa Rica y Centro América”, y con esa desgarrada enseña y ese grito volveremos al combate contra cualquier que ose atentar contra nuestra libertad, y bajo ella venceremos o moriremos por Costa Rica…